Beneficios de tener un perro con niños pequeños

niño con perro en el campo

Tener un perro en casa cuando hay niños pequeños puede parecer un reto —más pelos que aspirar, paseos diarios, supervisión constante— pero los beneficios superan con creces los esfuerzos. Desde el primer momento, la presencia de un perro tiende a aportar un sentido de compañía, afecto incondicional y rutina familiar que influye positivamente en el desarrollo emocional de los más pequeños. Más allá del cariño, un perro bien integrado puede actuar como catalizador para hábitos saludables, valores sociales y una mejor convivencia en el hogar. 

En este artículo exploraremos cuáles son los principales beneficios de convivir con un perro cuando hay niños pequeños, apoyándonos en datos reales de estudios científicos. También comentaré algunas precauciones importantes para que la convivencia sea segura y enriquecedora para ambos: perro y niño.

Beneficios físicos: más movimiento y mejora del sistema inmunitario

Uno de los beneficios más evidentes es el aumento de la actividad física en los niños. En un estudio con 370 niños de entre 4 y 10 años que convivían con perros, se encontró que cuanto mayor era el apego entre el niño y el perro (medido con la escala Companion Animal Bonding Scale), más tiempo pasaban realizando actividades con el perro (juegos, paseos, carreras). En algunos estudios británicos o australianos, los niños con perro caminaban aproximadamente 360 pasos más al día que los que no tenían perro. 

Esa diferencia puede parecer pequeña, pero acumulada en el día a día contribuye a mejorar la forma física, prevenir el sedentarismo y reducir riesgos asociados al sobrepeso infantil. Asimismo, la convivencia con animales puede estimular el sistema inmunitario de los niños. Investigaciones sugieren que la exposición temprana a mascotas modula la respuesta inmune frente a alérgenos comunes, lo que podría traducirse en menos infecciones del aparato respiratorio, menos uso de antibióticos y una menor incidencia de ciertas alergias. 

Por ejemplo, algunos estudios aseguran que los niños que crecen con perros tienen menor tasa de infecciones de oído o del aparato respiratorio. Un estudio incluso halló que la propiedad de perros en etapas tempranas podría reducir el riesgo de desarrollar eccema (dermatitis atópica) en niños predispuestos genéticamente.

Beneficios emocionales, sociales y cognitivos

Más allá del cuerpo, los beneficios psicológicos y sociales son realmente profundos. Un estudio centrado en niños de entre 2 y 5 años encontró que aquellos que vivían con perros mostraban más conductas prosociales (por ejemplo, compartir o cooperar) y presentaban menos problemas de comportamiento o relación con sus iguales, comparados con niños que no tenían perro. En una revisión amplia (“Are children and dogs best friends?”) se asocia la interacción con perros con una reducción del estrés, una mejor regulación emocional y mayor desarrollo de empatía. 

El vínculo humano-canino también tiene sustento biológico: las interacciones positivas (acariciar, jugar, simplemente convivir) pueden estimular la liberación de oxitocina, una hormona vinculada al apego, reducción del estrés y bienestar emocional. En consecuencia, un niño que tiene un perro con el que se relaciona puede estar mejor equipado para gestionar emociones como la frustración, la ansiedad o la tristeza. 

Desde el punto de vista cognitivo, la responsabilidad de cuidar un perro (dar de comer, cepillar, acompañar en paseos) enseña a los niños lecciones concretas: responsabilidad, constancia, empatía hacia seres vivos, reconocimiento de señales de necesidad (hambre, cansancio, malestar). Muchos expertos señalan que crecer con mascotas refuerza el sentido del deber y el respeto hacia otros seres. También, la presencia de un perro puede actuar como mediador en terapias infantiles: por ejemplo, en España se ha observado que los días en los que un centro de salud mental infantil contaba con sesiones asistidas con perros presentaban menos agitación emocional, éxito en la dinámica terapéutica y mejor participación. 

Además, un estudio reciente en adolescentes halló que quienes vivían con perros tenían menos síntomas psicológicos como tristeza, miedo o nerviosismo que quienes tenían otros tipos de mascotas o ninguna.

Algunas advertencias y buenas prácticas

No hay beneficio sin cierto grado de responsabilidad. Los niños son la población más vulnerable en cuanto a mordeduras o enfermedades zoonóticas (transmisión de bacterias, parásitos, etc.). Por eso es fundamental: 

  • Escoger un perro con buen temperamento y socializado con niños. 
  • Enseñar al niño a interactuar con el perro con respeto (no tirar de orejas, no molestar al animal cuando esté comiendo o descansando, etc.). 
  • Supervisar siempre los momentos de juego, especialmente con niños muy pequeños. 
  • Mantener al perro vacunado, desparasitado y con buenos hábitos higiénicos (limpieza, corte de uñas, cepillado). 
  • Crear rutinas compartidas: paseos, juegos tranquilos, cuidados, para fortalecer el vínculo de forma segura.

Tener un perro cuando hay niños pequeños aporta beneficios físicos (más actividad, mejor sistema inmune), emocionales (menor estrés, mejor regulación emocional) y sociales (empatía, responsabilidad, habilidades prosociales).

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